No, la psicología clínica no siempre conoce las causas de los trastornos.

Estoy participando en un debate sobre el tratamiento de algunos trastornos psicológicos por parte de la psicología clínica. El debate va enfocado a fomentar la psicología basada en la evidencia científica, y no en modas con deje oriental o místico.

Cuando se plantea ese debate, se llega a un punto que, para muchos, supone un obstáculo insalvable: la psicología clínica no siempre conoce las causas de los trastornos, y en esas ocasiones, lo más que puede hacer es atacar a los síntomas



Cuando uno tiene un problema psicológico (ansiedad, depresión...), lo que quiere oir es que hay un remedio. De la forma que sea. Igual que cuando va al médico porque se ha roto un brazo. Quiere que se lo arreglen. No quiere oir decir al médico: pues para lo del brazo, la verdad es que no sabemos cómo curarlo, pero tenemos esto que le va a quitar el dolor mucho. Eso sí, se va a quedar con él roto.

En psicología, a veces sucede algo parecido. Por ahora.

La negación de esto, es lo que puede llevar a que algunos magufismos estén tan extendidos. Es, para mí, la misma razón por la que existen las religiones, o cualquier tipo de pensamiento mágico: como la realidad no me gusta o no se adapta a lo que yo quiero o necesito, me invento otra. En el mundo de los trastornos mentales, donde seguir consejos o terapias magufas no va a tener grandes consecuencias (no es como tratar un cáncer con hierbecitas y emociones positivas), las terapias discutibles son una plaga especialmente extendida. Algunas con tanto calado y prestigio como el psicoanálisis.


Si Freud viviera hoy, sería el primero en descartar el psicoanálisis y abrazar agradecido los avances actuales en neurociencia. Como han hecho muchos de sus discípulos, y como lleva haciendo la Humanidad desde siempre, siguiendo el camino lógico del avance científico desde que empezamos a usar la cabeza para algo más que llevar pelo (algunos de nosotros, cada vez menos).

En unas de las aportaciones más interesantes que he escuchado a ese debate, se sacó a la luz que los manuales de diagnóstico como el DSM (el vademecum de los psicólogos) tienen fiabilidad, pero no validez. O dicho de otra manera: dos profesionales podrán coincidir en un diagnóstico ante un mismo cuadro de síntomas, pero no necesariamente se conocen las causas del trastorno diagnosticado. No sabemos lo suficiente de nuestro cerebro. Y no, ni el análisis de los sueños ni horas y horas tumbado en un diván hablando de tu relación con tus padres van a hacer que encuentres el resorte mágico que solucione todo lo que te pasa. Es posible que, lo más que consigas, sea controlar los síntomas que te hacen sufrir.

Esto, en mi opinión, sucede porque la ciencia y la tecnología han avanzado más rápido de lo que somos capaces de gestionar. En términos evolutivos, hemos pasado a dejar de preocuparnos por obtener alimento, refugio y seguridad de un día para otro. Por lo menos en una parte del mundo, que es la que mayor incidencia de cierto tipo de trastornos como ansiedad o depresión experimenta. Nuestro cerebro no es capaz de asimilar que ha de anular un mecanismo que lleva funcionando millones de años: el miedo como motor de la supervivencia (escapar de un depredador, refugiarte del frío, evitar TeleCinco...).

Por supuesto, eso no es más que mi teoría personal. No tengo ninguna prueba de que sea cierto. Lo que sí parece es que seguimos repitiendo los mismos patrones que la evolución nos ha ido enseñando...

Por ponerlo en contexto. La peste negra, se extendió por Europa a mediados del siglo XIV. Desde entonces hasta que se descubrió su origen, se estima que mató a unos 200 millones de personas. Nada comparado con los hasta 500 millones de muertos que se le atribuyen a la viruela en tan solo dos siglos. Pero en ambos casos, existía un miedo atroz a algo de lo que se desconocían las causas. Se tenía la sensación de que te podía tocar a ti, y no había nada que pudieras hacer para evitarlo.

¿La solución a eso? La ciencia. En el caso de la peste negra, se lo debemos a Alexandre Yersin. De la viruela se encargó Edward Jenner. ¿De conocer las causas de todos los trastornos de manera eficaz quién se va a encargar? Posiblemente, un neurocientífico. Alguien que logre entender el cerebro. Lo que es seguro es que no será un gurú del pensamiento positivo, ni ningún místico iluminado.


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